Machito pretencioso
Una productora me llama desde Buenos Aires para invitarme a ir a un programa de televisión. No
puedo. Me pregunta si conozco a otro como yo que pudiera ir en mi lugar. O, en todo caso, a un
médico que pudiera ir en nuestro lugar. ¿Para qué? Para hablar, por supuesto, del primer hombre
transexual embarazado.
No es el primero, le digo. A lo sumo, y de sólo momento, el último. Le cuento, por ejemplo, de Matt
Rice y de su hijo Blake, que nació hace ya ocho años atrás, en San Francisco. Nació el mismo día
que yo, le digo. Pero la productora no me escucha. Quiere que vaya yo, o que vaya otro, o que vaya
un médico. Quiere también, me parece, que este embarazo de un hombre transexual siga siendo el
primero.
La noticia es, sencillamente, maravillosa. No encuentro otra palabra que me guste. Es maravillosa.
Ahí está Thomas Beatie, mostrándole sus ojos, su sonrisa, su barba, su mastectomía y su panza de
cinco meses al mundo. Las personas a mi alrededor y en todas partes intentan hablar del tema, pero
las palabras se traban, se retuercen, se resbalan. Dicen, dicen de todo pero, en definitiva, no saben
qué decir. No saben ni lo que dicen. Y es que han aprendido a reconocernos como parte de una
especie –una de esas especies humanas que, justamente, no se embaraza. Tampoco se acuesta con
hombres. Naturalmente equivalentes unos a otros, sus miembros solo vivimos para el día en el que
la medicina logre desembarazarnos de esa anatomía que odiamos, esa que la gente llama, sin
dudarlo, “femenina”. Vivimos para el día en el que logremos parecer, por fin, un hombre. Mejor
dicho: en el que logremos parecernos a un hombre. Y los hombres, ya se sabe, no se embarazan.
Eso es lo que la gente sabe, o creía saber, acerca de lo que los hombres transexuales hacemos, como
especie: por todos los medios de encarnar la masculinidad, ese guión parco y estrecho que jamás
contribuimos a redactar.
Lo miro y me enamora. Me enamora la audacia de ese machito pretencioso, que desde la fotografía
anuncia que nosotros –sí, nosotros- somos capaces de libertades corporales impensadas. Y que esa
libertad incluye, esencialmente, la de redefinir aquello que, a partir de y con nosotros, podrá ser
llamado y será llamado un hombre. Para el deseo. Para el sexo. Para el aborto. Para el parto. Y eso,
y todo eso, lo anuncia mientras se acaricia el vientre sin pedirle permiso a ningún médico. A ningún
psiquiatra. A ningún abogado, a ningún sociólogo. A ninguna feminista, a ninguna campaña. A
ningún grupo de activismo. A ningún grupo de apoyo. A ningún transexual. A ninguna mujer. Y a
ningún tipo.
Se terminaron las especies sexuales, dice la panza de Thomas Beattie. Se terminaron, dice la
pornografía gay que protagoniza otro hombre transexual, Buck Angel. Se terminó el “o uno u otro o
un médico”, dice cada uno de nosotros que vive su propia masculinidad y no la de algún otro. Y es
que entre tanto manual y tanta categoría, entre tanto especial televisivo y tanta corrección política,
de pronto es cierto que “soy transexual” o “soy un hombre” ya no predican nada cierto de nadie. Se
terminó la diferencia sexual –o, al menos, su versión obvia, ingenua, domesticada y tecnofóbica.
Que alguien le avise a la productora de TV de Buenos Aires que deberá reemplazarnos con algún
médico, u otro -u otro- para cubrir la nota color especie de esta semana.